Bill Walton admiraba a Kareem Abdul-Jabbar hasta el límite de la obsesión. Originalmente Ferdinand Lewis Alcindor Jr., el exponente máximo de la mente brillante de John Wooden obtuvo un promedio de 26,4 puntos y 15,5 rebotes por partido, con porcentajes de 63,9% en tiros de campo y 62,8% en tiros libres durante su periplo universitario. 3 títulos de la NCAA en tres temporadas consecutivas, seguido de un anillo en Milwaukee en 1971 y otro más en Los Angeles en 1980.

La admiración de Walton se mezclaba con la incertidumbre, el dolor de las lesiones y la frustración de pertenecer a unos veteranos y poco competitivos Clippers. Ese conjunto de circunstancias llevó a Walton a coger el teléfono y a llamar a Jerry West. West, que en 1984 estaba del lado emisor de la llamada telefónica cuyo destinatario era Fernando Martín, recibió la llamada de Walton con agrado pero también con cierta sorpresa y un talante que el propio Walton reconoció que no iba al encuentro de sus deseos. Al igual que media NBA, West sabía (o eso pensaba) que los pies de Walton estaban demasiado castigados como para contribuir decisivamente al equipo campeón de la NBA. “Bill, gracias por tu interés pero he visto las radiografías de tus pies.”  Práctico, pero a la vez, premonitorio.

Bill Walton, John Wooden y Kareem Abdul-Jabbar. Leyendas de UCLA y de la NCAA.

La temporada 85/86 fue la de la resaca del título de campeón de la NBA para los Lakers. Habiendo ganado su primer trofeo Larry O´Brien desde 1982, el equipo de Pat Riley afrontaba la temporada a velocidad de crucero, seguro de sí mismo y, tal vez, confiando demasiado en un Kareem Abdul-Jabbar que, con 39 años, seguía dominando a su antojo. La serie de playoff con Dallas, aunque incómoda (4-2), no supuso ninguna señal de alarma para los Lakers. El back-to-back llegaría naturalmente. Pero mirando al banquillo de esos Lakers se veía a Pétur Guðmundsson, a Jerome Henderson, a Mitch Kupchak, a Chuck Nevitt y a Maurice Lucas como recambios interiores. Un panorama poco halagüeño.

Tras la final de la NBA de la temporada 84/85, Bill Walton observó que tal vez los Celtics podrían necesitar ayuda en el juego interior. Llamó a Boston y dijo: “Soy Bill Walton de Los Angeles Clippers. Me gustaría jugar en vuestro equipo, creo que puedo ayudar.”  La voz al otro lado del teléfono le pidió que esperase y se dirigió hacia la otra persona que estaba en la habitación: “Es Bill Walton. Quiere venir a Boston.” dijo Red Auerbach. “Ve a por él!” le contestó Larry Bird.

El Bill Walton de 1985 era un jugador completamente distinto al prodigio de UCLA que maravilló a todo el país. Renqueante, aunque convencido de que podría contribuir y, por que no, aspirar a otro anillo. Lo primero que hizo al llegar a Boston fue acercarse a casa de Robert Parish. Quería asegurarse de que sería bien recibido y, a la vez, que Parish no se sintiera amenazado. Al fin y al cabo, Walton estaba agradecido por una nueva oportunidad.

En el verano de 1982, Walton, después de casi 2 años sin jugar por culpa de su maltrecho pie izquierdo, jugó un partido benéfico en Las Vegas. El pívot, que había firmado en 1979 un contrato de 6 años y 4 millones de dólares con los San Diego Clippers, se fue del partido con 24 puntos, 21 rebotes, 3 asistencias, 5 tapones, 2 robos de balón, sensación de poderío y, lo más importante, sin que se pudiera discernir que su pie izquierdo cojeaba. Lo hizo, sorprendentemente, 19 meses después de que los doctores Ernie Vandeweghe (padre de Kiki Vandeweghe)  y Tony Daly llegaran a la conclusión de que Walton dificílmente volvería a jugar.

Bill Walton, lesionado, asiste a un partido de los Blazers.

Bill Walton nació con un hueso en su tobillo izquierdo que, básicamente, impedía que su pie girara naturalmente hacia dentro o hacia fuera, lo que colocaba una presión desmesurada en la bola del pie. En 1979, jugando con los Portland Trail Blazers, el pívot desarrolló un tumor en su pie derecho, lo que le llevó a sobrecargar su pie izquierdo. El consecuente sobresfuerzo y estrés en la bola de su pie izquierdo terminaron desgastándola, trasladando el shock absorbido en esa zona a toda la parte superior del pie hasta el hueso navicular, cuyo tamaño es aproximadamente el de un malvavisco, una esponjita de chuchería. Habían sido ya cuatro las veces que el navicular del pelirrojo se había roto. En palabras del Dr. Wandeweghe. “Es como si alguien golpea repetidamente una roca con un martillo. Eventualmente, se romperá.”

Con todo esto, la temporada 85/86 fue la del último baile de Walton en lo que a baloncesto profesional se refiere. El tie break. La reconstrucción de la estructura ósea de su pie, llevada a cabo en 1981, tenía como objetivo que el jugador llevara, por lo menos, una vida normal, sin dolor. Pero la recuperación de Walton le permitió volver a practicar deporte aunque con molestias. No obstante, era jugando al baloncesto cuando mejor se podían observar las limitaciones de su cuerpo. En jugadas que implicaban reacciones rápidas como rebotear y defender (particularmente a jugadores más rápidos), a Walton le costaba. Del genio que asombró a la NCAA, ya no quedaban ni la movilidad ni la rapidez. Solo el entusiasmo.

Aún así, en la temporada del Sweet Sixteen,  Walton batió su propio récord de partidos jugados, alcanzando la friolera de 80. Más notable aún si se considera que jugó los últimos tres meses de la temporada con una muñeca rota. Parecía imposible. Desde el decisivo lay up en el 4º partido de la final del 86 en Houston, cuando Dennis Johnson forzó una entrada a canasta delante de Olajuwon y Bill cogió el rebote ofensivo, botó una vez y la metió al son de los gritos de Johnny Most: “Oh wait a minute! What a play by Bill Walton!”; hasta los dos robos de balón consecutivos de Olajuwon en el 6º partido de la final que minarían la moral a cualquiera pero no a Walton, al que K.C. Jones decidió mantener en la cancha. El pesimismo de Dan Dyrek, fisioterapeuta de los Celtics, que, al ver las radiografías de Walton, dijo que era imposible que su pie fuese el de un ser humano. Y que examinar sus pies implicaba tirar por la ventana todo su conocimiento de anatomía. El exceso, materializado en querer hacerlo todo demasiado pronto con un pie izquierdo proclive, por sus características morfológicas, a darle malos ratos le decía a Walton lo contrario. Pero en su cabeza no iba la evolución partido a partido. Él se marcó como objetivo aguantar una temporada NBA completa. Los competidores no lo hacen de otra manera.

Talento a raudales con unos pies que no estaban a la altura.

Habiéndole costado a los Celtics la 1ª elección del draft de 1986 y Cedric Maxwell, la temporada del Sweet Sixteen fue eso mismo, dulce. Con Walton y Sichting recién llegados y con el quinteto titular más solvente de la liga, los Celtics hicieron lo que los Lakers no supieron: decirle a los Rockets que todavía no había llegado su momento. Generosidad, esfuerzo, resiliencia, lealtad y mala leche son valores de un Celtic. Pero el futuro no auguraba nada bueno. En la temporada 86/87, hueso navicular fue la palabra de orden cuando Kevin McHale se lo fracturó en Phoenix en un partido de temporada regular. Tozudo y cabezón como Walton, la cámara de tortura, el agujero negro del que Danny Ainge decía que cuando el balón entra en él ya no vuelve, jugó el resto de esa temporada, incluidas las finales con los Lakers, con tratamientos paliativos en su pie derecho, olvidándose del dolor y posteando sin piedad sobre su pie lesionado. A final de temporada le esperaban el quirófano y meses de rehabilitación, cuyas consecuencias aún hoy son visibles. A Walton, por otra parte, el horizonte atisbaba toda la temporada 87/88 inactivo después de pasar por el quirófano. Y ahí dijo basta. Ni los asfixiantes vendajes de Ray Melchiorre podrían ya volver a obrar el milagro.

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